El verano finaliza y con él una especie de letargo literario que concluye, para dar paso a un momento bien distinto: el regreso a los encuentros, las presentaciones, los espacios de lectura y recogimiento…
Pero esta vez, ello ha sido doblemente especial. Porque hemos disfrutado de un espacio en el que mis novelas La casa al final del camino y Luz que agoniza han parecido encontrarse y mirarse cara a cara por vez primera.
Durante la presentación se han sucedido preguntas que me han llevado de una historia a otra, de unos personajes a otros, de conflictos y emociones que, aun siendo tan diferentes, comparten algo esencial: su condición profundamente humana.
Y ha sido entonces cuando he experimentado una sensación difícil de describir. Hablar de los personajes de ambas novelas, detenerme en sus distintas motivaciones, en sus contradicciones y en las circunstancias que condicionan sus vidas, ha supuesto regresar por unos instantes a esos universos que durante tanto tiempo solo habían existido en mi imaginación.
Me ha sorprendido gratamente lo natural que ha resultado pasar de una trama a otra y, al mismo tiempo, comprobar la enorme distancia que las separa. Dos historias distintas, con sus propias voces, sus propios secretos y sus particulares maneras de abordar la complejidad de las relaciones humanas.
Pero lo verdaderamente emocionante ha sido descubrirlas a través de la curiosidad de quienes me estaban escuchando. Sus preguntas me obligaban a contemplar a mis personajes desde perspectivas diferentes; a explicar decisiones narrativas que quizá nunca habría necesitado poner en palabras y a reconocer, una vez más, que las historias adquieren una dimensión nueva cuando dejan de pertenecernos exclusivamente.
Porque escribir es -al menos para mí- un ejercicio de soledad que transcurre durante mucho tiempo. Sin embargo, hay momentos como este en los que esa soledad desaparece y los personajes, las tramas y las emociones que se han ido construyendo en ese silencio encuentran un lugar en la mirada de los demás.
Y pocas cosas pueden resultar tan gratificantes para quien escribe.


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