El Arte tiene algo muy especial. Tal vez porque es esencialmente una forma de ver el mundo y la vida que hay en él. Y ello por partida doble: lo es para su autor, pero también para quien lo contempla.
Ya nos decía el filósofo Immanuel Kant que lo que vemos no es realidad pura y objetiva, sino una versión ordenada por nuestra mente.
La primera vez que leí algo de Kant, tenía 16 años de edad: todo por descubrir porque, entre otras cosas, contaba con toda la vida por delante para colmarla de una buena dosis de experiencias y por ende, de «sabiduría y criterios».
Desde entonces, las palabras de este filósofo me han acompañado sin cesar. Y no sólo de un modo literario, sino que las he incorporado en mi interior como un auténtico modo de vida.
Sé que cuando escribo, lo hago desde mi perspectiva más inconsciente. Pero todo se convierte en auténtica magia cuando, posteriormente, cada persona que lee interpreta esas mismas palabras llevadas a papel.


